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ENTRE LA FACHADA Y EL PATIO:

LA ARQUITECTURA EN LA INVESTIGACION DEL INTERIOR

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Zaguán

 

Yves de Monsier

 

La fachada de la casa

no pertenecía solamente

a quien la poseía,

si no también a quien la miraba.

(Lao Tse)

 

 

 

 

 

 

Ser o parecer: he aquí el dilema de cada instante.

 

Me encuentro preso de una parte, la presión que exige de mí un rendimiento, me impone sus normas de éxito y sus patrones de medida y, de otra parte, mi propio deseo de profundizar mi vida interior, sensible, artística o espiritual.  Además, no soy insensible a las sirenas de la ambición, y en mi vida profesional de arquitecto, siento ese desgarramiento de manera aguda, pues la arquitectura revela esta fuerte contradicción entre interioridad y extraversión, en la mesura o el juego de esta polaridad, entre contenido interior y aspecto exterior, entre la humildad de una cualidad de búsqueda y el prestigio de la fachada.

 

 

 

Signatura (ser) o carta de visita (parecer)

 

Mi paso está en estos dos polos:

 

-         Es claro que el objeto que yo he creado debe estar al servicio de eso que me he propuesto y de su uso.  Mi rol  consiste en adoptar eso que yo identifico como las necesidades de personas implicadas.  El debe responder funcionalmente a sus aspiraciones, corresponder a sus gustos y ser realizable dentro de los límites propuestos.  Yo tengo necesidades desde mi creatividad y desde mi generosidad para cumplir ese mandato, y es así que, más que por gestos grandilocuentes, yo aporto al proyecto mi toque personal, por mi manera de tratar  ciertos conceptos o detalles y por el cuidado que yo le ponga.  El fruto de este modo es mi obra, pero ella sin embargo, está fuertemente marcada por el contexto impuesto por el cliente, el entorno, los diversos problemas, el sitio dejado a los otros...

 

-          De otra parte, sin mi grado de implicación, el objeto es creado a los ojos de otros...

 

 

 

Un modo de apertura

 

Es difícil no perderse en esos dos polos y no trabajar más que para el futuro habitante sin preocuparse del valor que el objeto representa para mi promoción profesional, sobre todo por que intervienen sin cesar, otros elementos parásitos: por ejemplo, mi propio orgullo y la fuerza con la que yo puedo desear imponer mi solución al cliente, o al contrario, mi modestia y mi capacidad de escucha que me obligan, por miedo, responder a la demanda, expresada o inconsciente, que me es dirigida.  Otro ejemplo es la actitud formada del cliente que desea aplicar, sin reflejar, unos modelos y principios rígidos, o al contrario, su apertura a proposiciones nuevas y el placer de considerar cambios en su modo de vida; por último, la necesidad de sacrificar las apariencias y de crear alguna cosa importante que pueda gustar a los amigos y al público, o al contrario, la facultad de entrar en un lugar más interior, para el descubrimiento de campos desconocidos que le abran nuevos horizontes.  En esta serie de oposiciones de términos contradictorios, contenidos en estos ejemplos, es evidente que siempre el segundo término viene a enriquecer mi trabajo, mientras que el primero me impide vivir eso que yo deseo profundizar.  El primer término, cada vez, sacrifica, la necesidad de parecer, la riqueza de un paso que parta al descubrimiento de los misterios del ser.

 

 

 

Vacíos y llenos

 

No ceder al espíritu de fachada no significa que la forma sea insignificante.  Qué quedaría entonces de la arquitectura?.  Es esencial ver que la arquitectura, sea un arte plástico, un juego más con el vacío que con el lleno.  Su misión es hacer visible lo invisible.  Ella desde luego trabaja con algunos elementos llenos como los muros, pilares, pisos, tejados, pero únicamente para dar vida a los vacíos, es decir, a los espacios que se crean entre esos muros, pilares y planchas; o para formar las relaciones que ligan esos vacíos los unos a los otros, gracias a la apertura de los muros.  Esos son en efecto los vacíos que han dado vida al edificio.  El muro cobra vida abriéndose, lo que le permite establecer una comunicación, un movimiento entre las diversas partes del edificio.  La arquitectura, antes de ser materia, es espacio y relaciones de vacíos.

 

 

 

La ceguera materialista

 

Es fácil constatar cuántos períodos artísticos han sido más sensibles que otros en estos aspectos.  El gótico es por esencia un arte de la interioridad, del vacío y de la luz, un arte de lo inmaterial vuelto visible, mientras el barroco es más un arte de fachada, del parecer, del placer de los sentidos que hace que toda parte aparezca llena.  No es esto, oponer la materia al espíritu.  No, estoy convencido que todos participan en experimentar la vida y sus insondables misterios.  Pero en el momento en que la materia se convierte en una meta, en una sola cosa visible en la que el ojo viene a apoyarse, sin ninguna capacidad de ver eso que hace vibrar esta materia, el espíritu se desvanece entonces y no es más percibido.  Eso es, me parece, la ceguera del arte materialista en el que vivimos.

 

 

 

No producto sino procesos

 

En esta búsqueda de un acuerdo entre el espíritu y la materia, la belleza juega un rol primordial, pero más en sentido de una armonía general de proporciones, de un equilibrio de las relaciones con la vida cotidiana, de una autenticidad de mi propio movimiento de crecimiento, que de una belleza fija en un punto del placer, del amor y la satisfacción personal.  Frecuentemente la arquitectura es percibida como un constructo final más bien que un proceso que descubre, que transforma este producto siempre.  Es decir, cuanto se mueve puede ser el soporte íntimo de nuestra búsqueda espiritual.  Comprendida en este sentido, el modo arquitectural se hace introspección, y mi oferta una herramienta inestimable para abordar el problema en cuestión: cómo conocer Dios,  y la vida que nos anima?

 

 

Silenciar el ego

 

Este paso implica naturalmente que yo silencie mi ego, que yo deje el sitio a eso que viene y me es todavía desconocido.  Importa que yo ponga todos mis sentidos al acecho, prestos a entender todo lo que yo pueda percibir. Delante de la obra a transformar,  yo debo escuchar y observar silenciosamente, dejar que me cuente su historia, como también yo escucho el sitio próximo y, sobre todo, la persona que va a habitar este ligar.  Eso me impregna de todos los aspectos ejecutados por mi propio discurso interior. Comienzan así a silenciarse unas relaciones, como ecos, entre las diversas partes.  Viene enseguida un largo esfuerzo de interpretación, de estructuración y de puesta en orden que dará nacimiento al proyecto.  Esto no es una proyección de mí sobre lo otro, sino una percepción que va a servirme de guía.  Una visión de libertad  que es la salida del lugar y de sus habitantes.

 

 

 

Un tema de búsqueda que emerge

 

En mis proyectos y sobre todo en los concursos de arquitectura, me sucede siempre, en función de perspectiva, del programa o de contexto, una idea guía que no tiene que ver directamente con el objeto.  Es un tema suscitado por el lugar o la misión confiada, y que emerge de mí mismo; no como una solución sino más bien como una interrogación particularmente importante y sensible, una pregunta siempre abierta, sin respuesta; en alguna medida es una fuerza suplementaria que yo me impongo y que me va a servir de imagen guía bajo la forma de una exigencia para satisfacer, de orden más filosófico o espiritual que funcional: luces, aberturas, introversión, analogía con el espíritu en el que se han tratado otros sujetos sin relación con el programa...  pueden ser temas simultáneos.  Todo el arte consiste enseguida en dominar ese suplemento de complejidad, en él tienen lugar un rigor y un rigor lógico perceptible, sin por ello matar la vida.

 

 

 

 

Meditación

 

Es cierto que esta manera de funcionar es enriquecida de los aportes de la meditación,  toda vez que ella está comprendida en el cristianismo contemplativo o en oriente:  Este paso procede más por el vacío que por el lleno.  La meditación consiste en calmar su espíritu, en detener sus pensamientos, en buscar una calma tanto total como posible, en el estado de desocuparse y estar en medida de abrirse a Dios, de llenarse de eso.  Este paso es por demás la misma meditación, búsqueda y vida, pues ella desea ser escuchada, y en interrogación más que en discursos.   

 

Como un patio, ella es un vacío acogedor en lo más íntimo de nosotros mismos, más que una fachada expuesta a la vista de todos.  Mientras que la fachada está obligada a hablar en discursos un poco cuadrados, comprensibles para cada cual, eso que sucede en el patio se revela para algunos murmullos adaptados para el interlocutor y en matices.  La riqueza de este cambio no puede compararse a la cualidad del espacio creado.  El espacio puede ser muy bello, pero jamás de la grandeza  vista desde la experiencia de la contemplación.

 

Treinta rayos

convergen hacia el medio

pero el vacío entre ellos

crea la naturaleza de la rueda.

de la arcilla surgen las jarras

pero la vida en ellas

crea la naturaleza de la jarra.

Los muros con las ventanas

y las puertas adjuntas

forman la mansión,

pero la vida entre ellos

crea la naturaleza de la mansión.

He aquí el principio:

La materia oculta lo utilitario,

lo inmaterial crea la esencia verdadera.

 

(Onceava sentencia del libro de Lao Tse)

 

 

Traducción del francés por Libardo Vargas

 

 

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Instituto de Cultura y Bellas Artes de Ocaña - Colombia

 

 

 

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