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BARQUITOS DE PAPEL
TACALOA -
LA PIÑUELA (Ocaña)
De entrada,
el barrio puede observarse como quien muestra sus propiedades. Una especie de balcón facilita levantar
los brazos y enseñar los contornos:
“De aquí hasta allá, donde se
ven las casas de ese filo”. El río
bordea las casas, y estas también al río.
Muchas veces son ellas quienes rompen el río. Un puente, un muro, un cruce
estrecho. En cualquiera de sus
formas, un río domesticado. La lucha
puede dirigirse meramente a las aguas lluvias. Domina el paisaje y el río; aunque sin agua, domina. He aquí uno de los secretos. El
paisaje. Las calles suben. Muchas casas saltan. Algunas bestias y la mierda en las calles
dejan entrever peregrinaciones rurales que se atrevieron a cruzar el siglo. A
lomo de mula, quien sabe a dónde, pero todavía. No hay despensas para tantos peregrinos, pero al menos las
muestras, los vestigios. La
despensa-museo con algunos licores, harinas, aceites y papel higiénico
desempolvados, siempre para otras vistas.
No hay siquiera una bestia cargada de papel higiénico. Habrán secretos menores en los solares de
las casas. Las cocotas, las matas de
plátano, las llantas, los frascos de vidrio
son testigos de cuánto pueden llegar a fabricar los niños. Aterrazamientos, deslizaderos, casas
diminutas, frascos que simulan habitantes; las 9.30 y el desayuno en la
mesa. Una espera generalizada donde
los carros y el ruido son pasajeros, y de esta forma, una quietud
aparente. Lo mejor de la Sonora
Matancera al estilo de Alquimia.
“Pero nunca te olvidaré...”.
El lunes le dará sentido a esta canción de Enrique Iglesias.
Entre tanto, barrer, limpiar el polvo, asomarse por la ventana con la
escoba en la mano. “Cómo olvidar tu
sonrisa...”. Hay que sacarle brillo a
esto que como la iglesia tiene cara de museo. Cada baldosa, cada silla, cada utensilio o imagen. No hemos podido sentarnos como estaba
previsto. Hemos tenido que robarnos
todo y perdernos de vez en cuando por algunos pasadizos, frescos, sombreados. La sospecha de hacernos sospechosos nos ha
llevado a clavar los ojos en nosotros mismos. Hemos tenido que robar, apenas impregnarnos. Pero también tiene sentido. “Bucaramanga (dice mi compañero de
recorrido), por un mero fin de semana”.
Y en este barrio sólo un instante.
Santa Marta, cuatro días de vacaciones, ¿y Bogotá, Monpox, San Andrés,
Cartagena?, ¿Cuánto?. Las ciudades,
los lugares y el poder de convencernos mutuamente, aún en los parajes más
estériles. ¿Pero por cuánto el
idilio?, ¿qué tiempo el del amor?.
Sin embargo ahí vamos, buscando no se qué en nosotros, en el barrio,
con estas calles que suben y cruzan arbitrariamente, con casas que
saltan. Eso sí, puede decirse que
esto es una lucha constante contra el orden, así sea a punta de resistencia.
El planeador más audaz,
tendría que hacer explotar el barrio para luego ordenarlo; poner el río y el
paisaje en su lugar, imponer el tránsito regular de carros, y no sólo de los
que llevan el gas; facilitar el crédito para las construcciones de fachada,
explotar el turismo que provocan las despensas y las iglesias-museo. De lo contrario esto seguirá siendo como
se dice, un barrio sub-normal. Feliz
de guardar sus propios secretos.
Pienso que el barrio no es un baúl de recuerdos, muy por el contrario,
mantiene secretos vivos, quebrados por cierto, como en este caso. Esta es su palabra contra los modelos de
planeación. Donde no hay secretos no
habría barrio, quizá urbanización. Un
tendero ha terminado trasladando la cocina detrás del mostrador. Quien quita
que una recua de mulas se acerque al fin por las provisiones. Un gato se pasea por allí. Un garabato blandea sin siquiera un pedazo
de carne. “Un momento”, le manifiesto a mi amigo. “Aunque sea esto lo último que podamos ver”. Libardo
Vargas Asesor
Pedagógico del Proyecto UN PASEO POR LOS ALREDEDORES DE
OCAÑA Todo
fue muy chévere tenía mucho calor, vi un montón de cosas interesantes y una
piedra muy grande, más arriba había una casita, allí paramos a descansar e
hicimos silencio para escuchar todos los sonidos, hay pájaros, hay un río que
pasaba y también el sonido de una moto y unos pasos de caballo, fue como
estar encerrada en la pieza, muy sola.
Más adelante vimos una cascada, pero como no sabíamos bajar caminamos
y llegamos a esta choza que es muy fresca y se oyen muchas cosas. Sara
Lucía Arévalo Estudiante 5º grado primaria Colegio Rafael Contreras Navarro LAS CALLES DE MI CIUDAD Cuando
camino por las calles de mi ciudad no
dejo de disfrutar con la vista que ofrecen las vitrinas de los almacenes
especialmente donde hay juguetes, pero a veces no puedo mirar bien porque hay
muchos carros parqueados frente a los almacenes y encima de los andenes; por
eso ya no estamos seguros en la calle aunque vamos caminando por los andenes,
cuando podemos caminar por ellos porque los carros y las ventas que hay en
los andenes no nos están dejando espacio para caminar. De la
ciudad, el sitio más inseguro es el mercado porque carros que van carros que
vienen, ventas de verdura, motos, carretas y camiones llenos de bultos y gente
que camina afanada. Unas
calles nacen donde otras terminan, como si se formara una red por eso me
llevan a todos los lugares que quiero, aunque están en mal estado la mayoría;
pienso que la administración municipal debería arreglárselas para que los buses
puedan pasarlas todas sin tantos trancones.
La calle donde yo vivo fue pavimentada hace poco, porque antes era de
piedra, pero como estoy recién pasado no sé como son los vecinos. Pero sí
sé que la ciudad está desordenada y que sería más bonito ordenarla colocando
sus cosas en el lugar para que haya espacio por donde caminar, pues hacen
falta zonas verdes y sitios de recreación.
Falta embellecer los parques, especialmente mi preferido el Parque 29
de Mayo. Gustavo
Alberto Bermudez Estudiante, 6º grado Colegio Rafael Contreras Navarro ¿Por qué situar un parque, la ciudad en esta
geografía? ¿Por qué calles con nombre
de baticola como trazadas por la huella de una serpiente en retirada? ¿Para qué fue pensada esta ciudad, para la
felicidad, para el disfrute? Amigos,
creo que lo de Juan Carlos Pérgolis nos alienta a seguir saliéndonos, a dejar
que los pies acompañen a los ojos, al deseo de conocer, a decir que somos la
calle, bullicio, realidad, ruido, polvo, gente... "Porque al igual
que el viento, las imágenes que ellos nos
traen arrastran esos discursos con las fuerzas de las anécdotas, de la
sorpresa entre lo cotidiano, ante el descubrimiento de algo que está allí y
por obvio nunca lo habíamos visto" (Juan Carlos Pérgolis, arquitecto
argentino radicado en Colombia.
Profesor e investigador). Manuel Casadiegos Profesor de Español.
Participante en la experiencia. |
Barrio Tacaloa
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Instituto de Cultura y Bellas Artes de Ocaña - Colombia |
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